
Distinguidos profesores, queridos familiares, graduandos:
Hoy quiero que miren a la persona que tienen al lado. Piensen que algún día, en este país o en cualquier otro, alguien como ustedes tendrá que sentarse frente a quien le hizo daño, o frente a quien defendió a quien se los hizo, y decidir si seguirán destruyéndose o empezarán a construir.
Para eso estudiaron. Para eso hay una toga sobre sus hombros.
Hoy a voy a defender una idea que duele. Una idea que a algunos les sonará a rendición y a otros a impunidad. Es esta: una transición negociada, con garantías razonables y con mecanismos de verdad y justicia, puede ofrecer a ambos bandos un resultado mejor que el conflicto prolongado.
Antes de convencerlos, les pido que escuchen a quienes pagaron el precio de no tenerla.
Hablemos del conflicto que se alarga. Nos gusta imaginar que una lucha larga es una lucha heroica. No lo es. Una lucha larga es una madre que envejece esperando. Es un joven que se va con una maleta y no vuelve. Es una familia dividida en la mesa de Navidad, con dos hermanos que ya no se hablan porque uno pensaba de una manera y el otro de otra. Es una generación entera que aprende a sobrevivir antes de aprender a soñar.
Nadie gana una guerra que dura décadas. Solo cambia quién la pierde más despacio.
Y cada año de enfrentamiento cuesta más que el anterior. Cuesta vidas, cuesta instituciones, cuesta confianza, que es lo más difícil de reconstruir. Se necesita un día para romper la confianza entre dos personas y una generación para recomponerla.
Por eso quiero hablarles de quienes tuvieron el valor de elegir otro camino.
En Sudáfrica, un hombre pasó veintisiete años en prisión. Veintisiete años. Tenía todas las razones del mundo para salir exigiendo venganza, y nadie en la historia habría tenido más derecho a sentirla. Salió y se sentó a negociar con sus carceleros. No porque olvidara, sino porque entendió algo que cuesta una vida entender: que no se puede construir un país nuevo con el combustible del odio viejo.
Y del otro lado de esa mesa había hombres que sostuvieron un sistema injusto, y que tuvieron que enfrentar la verdad más difícil: que ya no podían ganar, y que seguir peleando solo arrastraría a todos al abismo. Cedieron el poder. Y se pactó un país donde, después, las víctimas pudieron hablar y los responsables tuvieron que escuchar. Escuchar. Eso, a veces, es más difícil que cualquier castigo.
En España, hace casi cinco décadas, hombres que venían del antiguo régimen y hombres que lo habían combatido entendieron que ninguno podría imponerse sin incendiar el país que decían amar. Se miraron a los ojos, con todas sus heridas, y eligieron el futuro por encima del rencor.
Pero no me escuchen mal. No les estoy hablando de un acuerdo cualquiera. Un acuerdo sin garantías es una trampa. Piénsenlo con honestidad: ¿quién entrega el poder si cree que al día siguiente lo espera el paredón, la cárcel sin juicio, el despojo? Nadie. Quien no tiene salida se atrinchera, y quien se atrinchera arrastra consigo a todos.
Por eso las garantías razonables, la seguridad jurídica, las reglas claras, un árbitro electoral en el que todos puedan confiar, no son un regalo a los poderosos. Son el precio de que exista una puerta de salida. Y sin puerta de salida no hay transición, solo hay un encierro compartido.
Pero escuchen ahora la otra mitad de la verdad, porque sin ella todo lo anterior sería una mentira.
Un acuerdo que solo ofrece olvido no es paz. Es una deuda. Y las deudas se cobran.
Lo supieron en Argentina las Madres de Plaza de Mayo, que dieron vueltas a esa plaza durante años, con un pañuelo blanco en la cabeza, preguntando por sus hijos. No pedían venganza. Pedían saber. Pedían un nombre, una fecha, una tumba. Y cuando el país, tiempo después, se atrevió a sentar en un tribunal a quienes habían mandado sobre la vida y la muerte, no se hundió. Se hizo más fuerte.
Lo supieron en Chile, donde un informe de la verdad puso por escrito lo que tantos habían callado, y donde los años siguieron reclamando lo que la prisa por la estabilidad había dejado pendiente.
Lo que se entierra sin verdad no desaparece. Regresa. A veces décadas después, y regresa con más rencor, con más dolor, con intereses.
Una paz que le exige a las víctimas callar no reconcilia a nadie. Solo aplaza el estallido.
Por eso la transición necesita también verdad. Necesita reparación. Necesita justicia. Tal vez no toda la que el dolor reclama, porque ningún tribunal del mundo puede devolver a un hijo. Pero sí la suficiente para que ninguna víctima sienta que su sufrimiento fue una moneda de cambio.
Y aquí está el centro de todo, mis queridos graduandos. Aquí es donde los necesita el país.
Porque lograr ese equilibrio, entre las garantías que permiten salir y la verdad que permite sanar, entre la estabilidad y la justicia, no es tarea de los poetas ni de los generales. Es trabajo de juristas.
Les tocará a ustedes redactar la amnistía que perdona sin humillar a las víctimas. Les tocará diseñar la comisión de la verdad que no sea un teatro, sino un espejo. Les tocará levantar el tribunal independiente que juzgue sin odio y sin miedo. Les tocará escribir las garantías que obliguen a todos, a los que entregan el poder y a los que lo reciben.
Les tocará, sobre todo, explicarle a un pueblo cansado y herido dos cosas que parecen contradictorias y no lo son: que la justicia no es venganza, y que la paz no es impunidad.
Va a haber momentos en que esto les parecerá imposible. Momentos en que alguien les diga que negociar es debilidad, que hablar con el adversario es traición, que el único camino honorable es no ceder jamás.
Cuando eso ocurra, recuerden esto: sostener una guerra no requiere valentía, solo requiere costumbre. Lo difícil, lo verdaderamente difícil, es sentarse a una mesa frente a quien te hizo daño y decir: no voy a permitir que mis hijos hereden esto.
Se necesita más coraje para construir un acuerdo que para sostener un conflicto.
Y recuerden que reconciliarse no es dejar de pensar distinto. No les estoy pidiendo un país donde todos opinen igual. Les estoy pidiendo un país donde dejemos de necesitar destruirnos para sentirnos seguros. Las sociedades no se reconcilian por cansancio. Se reconcilian por decisión. La decisión de aceptar que el adversario de hoy es el conciudadano de mañana, que compartirá con nosotros la misma calle, el mismo cielo y la misma deuda con las próximas generaciones.
Hoy se van de esta casa de estudios. Se llevan un título, pero lo más valioso que se llevan es esto: la certeza de que el derecho no fue inventado para decorar paredes ni para ganar discusiones. Fue inventado para que los seres humanos, aun heridos, aun enemigos, puedan seguir viviendo juntos.
Salgan con convicciones firmes y manos abiertas. Sean firmes con los principios y generosos con las personas. Sean duros con la injusticia y suaves con quien está dispuesto a dejar de cometerla.
Y que algún día, cuando una sociedad rota busque cómo volver a encontrarse, alguien diga con orgullo: «Ahí había juristas y politólogos que supieron ser puente.»
Que el derecho y la política sea para ustedes lo que siempre debió ser: el puente por el que un país vuelve a abrazarse.
Nosotros hemos decidido entendernos.
Muchas gracias. Y felicitaciones.





